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TRABAJO Y EMPLEO

La creciente práctica del teletrabajo por parte de las empresas está poniendo de relieve cada vez con más claridad la influencia positiva de su implantación en las mismas.

En primer lugar, queda demostrado que la implantación del teletrabajo obliga a la empresa a plantear un esquema organizativo previo, basado en la innovación de las estructuras y prácticas, de acuerdo a los últimos avances en el management, y en la introducción de las nuevas tecnologías como centro sobre el que ha de girar toda la actividad. Esto origina una auténtica revolución de la cultura tecnológica de la empresa por cuento se incrementa la inversión en tecnologías, la formación de los empleados y la adaptación de sistemas y procesos.

En segundo lugar, se constata que la introducción del teletrabajo incrementa la flexibilidad, tanto interna como externa, incentiva una mayor participación de los empleados en el diseño y la planificación de las tareas y acarrea un mayor control por parte de estos del proceso y de las repercusiones de su actividad en la organización, lo que origina mayores ventajas en resultados y procedimientos, en el funcionamiento interno, en las relaciones con clientes y proveedores.

Todo ello tiene como consecuencia los ya constatados incrementos de la productividad que se anunciaban en todos los estudios primeros sobre el teletrabajo y una mejora de la posición competitiva.

Pero lo más importante es que estas prácticas en las grandes empresas y esta cultura han dado lugar a una actividad de externalización, creciente con la globalización, de la que se benefician cadenas de empresas pequeñas y medianas, cada vez más estructuradas en redes con el fin de alcanzar las dimensiones mínimas que les permitan atender al mercado de trabajo externalizado.

Y de nuevo hemos de insistir sobre la necesidad de adoptar esta cultura de actividad en red. Una red flexible, a su vez, que permite colaboraciones puntuales y temporales, pero que va tejiendo un tejido más perdurable día a día.

Francisco Ortiz Chaparro


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