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VALENTINOS: Víktor Gómez

Sobre la poesía de Enrique Martín


Martes, 24 de Julio 2012| Leído 417 veces | 0 Comentario(s)


Kike Martín (a laderecha) junto a Román Porras.
Kike Martín (a laderecha) junto a Román Porras.
“la espera entre escarcha para no volcar dos veces las vísceras en el insomnio” E. M.

No es todo lo mismo, no. Pese a que simplifiquemos muchas veces, acostumbrados al pensamiento binario y determinista. En poesía, no todos los poetas son lo mismo. No todos los poetas rebeldes con casusa(s), revolucionarios, son lo mismo. No todos los poetas jóvenes rebeldes con causa(s), revolucionarios son iguales, equiparables, monocordes.

Enrique Martín podría decirse sin miedo al error, que es un poeta joven y revolucionario. Pero la cualidad de “joven” le viene por el cómo de su escritura, y desde ahí, siendo que “La vida iguale al pensamiento” sus textos o su cotidianeidad fluyen, a veces se confunden, siempre se confabulan, abren a su alrededor el espacio suficiente para que el otro respire, lea, se agencie, se pregunte o complete una acción que comienza desde la palabra, y que se materializa resueltamente en la calle, en el entorno privado o público, en las relaciones familiares o profesionales.

Cuando la poesía se articula desde la teoría de la complejidad, comprendemos mejor la poética de Enrique Martín. Su orden ético se produce desde un desorden sintáctico, una ruptura formal e incluso racional, predeterminista o cerrada de sentido y dirección. Su orden es favorecido en el no-equilibrio con su entorno, en su herida, trauma que cicatriza en palabra, en sonoros hilos, en cadenas significantes que tocan lo que él percibe desde su experiencia y reflexión como real, como vulnerable y dañado, como hermoso y libertador.

No es todo igual, ni valen ni ajustan clichés. Menos ahora. Enrique es sencillamente un poeta contemporáneo y joven, como lo fue hasta el último día de su vida Tomás Segovia, Gloria Fuertes, José Saramago, Roque Dalton. La juventud es contraria no a la ancianidad, sino a la apatía, la cobardía, el abandono de los sueños y las esperanzas. Poesía es creación, apertura de nuevos espacios y gramáticas renovadoras que desde la diferencia retornan sobre los problemas ineludibles del ser humano: sufrimiento, límites, deseo, violencia, poder, libertad, convivencia, justicia, amor, daño, esperanza.

Lo revolucionario y joven fue y es el coraje de hablar por uno mismo, desde uno mismo, descentradamente, desde una atención a los indefensos, desde una preocupación por la convivencia, pudiéndose dar en lo íntimo como en lo público, individual o colectivamente. Si la realidad es compleja, lo real apenas imperceptible, ¿cómo ha de ser una poética que horade, que remueva, que tantee por ahí…? Enrique Martín tiene una propuesta poética, a mi parecer, interesante y todavía por desarrollarse y alcanzar su plenitud.

Su primer libro, El camino hacia la herida (Varadero ediciones, 2011), fue una muestra de capacidad, sensibilidad y contracorriente, de ejercicio libre de escritura. Este poema que acompaño es posterior avanza, prosigue un itinerario en la intemperie del canto que evita los atajos, las complacencias retóricas a favor del aplauso y el gregarismo convencional de la cultura masiva.

Poesía que mira al mundo, dijo en un momento dado Enrique Falcón. Si, es lo poco que se le puede pedir a la poesía, que no reniegue, que no finja, que no seduzca como un spot de televisión, que nos lleve, más allá de la incomodidad o estupor, a que “la vida iguale al pensamiento”, que de alguna manera nos modifique un poquito, siguiendo la teoría de la mecánica cuántica y revolviéndola sobre nosotros, ya no sólo que el observador altere la realidad, sino que el poema altere al observador y le permita ver más hondo, más claro, más amplio ese asunto complejo que de mil maneras nos viene ocupando en la difícil e inacabada tarea de vivir.


Víktor Gómez


Hay un columpio en el patio de la cárcel, un columpio en el patio azul de la cárcel. En el fondo un dibujo de niña de cinco años, cinco años ya babeando sobre la verja de una cárcel, como si eso sirviera para algo. Y una cárcel es un punto blanco. Una cárcel en el centro de Nada. Una pintada en su muro, en su muro gris con la sombra del columpio. La cárcel no es un columpio, la cárcel es un punto blanco, un centro de la Nada. Nadie, ninguno, Nada. En el muro de la cárcel hay un punto blanco, un punto blanco pintado por una niña, de cinco años. Cinco años no son Nada, un punto blanco, una cárcel. El columpio sigue en el patio de la cárcel más de cinco años, por ejemplo. Mucho más que Nada, tanto como para saber que cinco años no son Nada, que son un punto blanco, que la niña no es Nada y su graffiti tampoco, que Nada es donde muere el centro mismo de la cárcel, donde van a parar los muros, donde hay un sitio blanco en medio de un patio azul: donde van a parar los que deben salir.

Enrique Martín, junio de 2012.




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